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Los edificios pasaban a su lado de manera vertiginosa, al otro lado del cristal del tren que les llevaba camino del aeropuerto. Un puñado de carcasas de ladrillo que albergaban una historia cuyo interior habría cambiado tanto con el tiempo que ya era irreconocible, imposible de identificar con lo que mostraba el exterior, elegante, vetusto, y orgulloso. Justo lo que sentía su alma atormentada. Grandes edificios de una ciudad que gritaba a los cuatro vientos una identidad que se difuminaba en un millar de culturas, dejaban paso a construcciones nuevas y de una fealdad insultante, el progreso lo llamaban. A su lado, Alicia se miraba las uñas como lo haría un chico, pensativa, escuchando algún disco que le hiciese soñar, ajena muchas veces al mundo que la rodeaba, pero siempre pensativa, siempre entregada a una causa ajena antes que a la propia. Siempre fue una chica muy especial. Cheshire, llevó la mirada de entre las casas y oficinas hacia el perfil de Alicia, medio cubierto por su cabello largo y alborotado y sonrió pensando en las horas de conversación muda, de abrazos y bobadas, muchas veces con una cerveza en la mano, intentando arreglar el mundo que no les entendía. Recordaba cómo se habían conocido, los buenos y malos momentos y lo que habían aprendido el uno del otro tras tanto tiempo y su risa se hizo tan intensa como la del gato del que recibía su nombre, sus padres tenían demasiado sentido del humor. Alicia se giró entonces y sonrió ligeramente desconcertada, como lo hacía siempre que sus miradas se encontraban, intuyendo ambos lo que pensaba el otro pero sin atreverse nunca a decirlo en voz alta, aunque con los labios ligeramente fruncidos como meditando si dejar o no salir las palabras. Sin abrir la boca, ella le pasó uno de los auriculares, apoyó la cabeza en su hombro y poco a poco fue quedándose dormida |